Hoy, la realidad europea se antoja muy distinta de aquella. La geoestrategia global ha virado de un paradigma de cooperación multilateral al puro y descarnado ejercicio del poder, donde los grandes compiten por la hegemonía y los medianos luchan por defender su autonomía frente a liderazgos abiertamente coercitivos. El soft power ha pasado a la historia y los valores que antes se celebraban como fortalezas del proyecto europeo hoy se perciben como debilidades ante este nuevo e inquietante escenario global.
Los europeos afrontamos retos internos de seguridad, competitividad y gobernanza. También experimentamos la creciente frustración en amplios sectores de nuestras sociedades que viene a alimentar el discurso de quienes plantean una impugnación total del sistema. Estos problemas domésticos se ven agudizados por el deterioro de nuestro vínculo atlántico. EEUU ha dejado de ser el aliado natural con el que compartíamos una visión común y solidaria para devenir en un socio airado, voluble e incluso amenazante, como hemos comprobado en la disputa sobre Groenlandia. Esa nueva relación trasatlántica que aún no ha acabado de definirse va a determinar el futuro de la Unión Europea.
Las viejas tareas pendientes de Europa, tantas veces demoradas, ahora son necesidades imperiosas y urgentes. Tenemos que construir rápidamente todo lo que no supimos crear hasta ahora: una defensa digna de tal nombre, un auténtico mercado único, una economía competitiva, una autonomía estratégica y un modelo de gobernanza que no sea un freno para acometer todos esos objetivos irrenunciables.
Sin embargo, una visión excesivamente pesimista de la situación europea no debería impedirnos reconocer esas fortalezas que tanto envidian quienes aspiran a formar parte de la Unión: nuestro poder comercial, nuestra divisa, nuestro PIB, nuestro modelo de libertades, nuestra historia común y nuestra determinación para defender el proyecto político que compartimos. Nadie y menos aún los propios europeos debemos subestimar la capacidad del continente para dar respuesta a los desafíos por muy exigentes que estos sean.
Desde su fundación, Europa ha crecido y progresado en las distintas crisis que ha tenido que afrontar. Ahora nos toca hacer frente a la incertidumbre sobre el futuro de nuestra histórica asociación con EEUU; no es descartable que dentro de unos años recordemos esta época no por el desasosiego que hoy nos acompaña sino como el motor de un nuevo salto adelante del continente.